viernes, 12 de septiembre de 2014

Si yo fuera millonaria....




Recuerdo que cuando desperté el azul acero invadió de inmediato mis sentidos. Recuerdo que fui directo a las cortinas, las abrí de par en par y vi el azul profundo del mar, el sol tocando mi piel; y me gustó escuchar  a Carlos quejarse de porque las abrí tan temprano. Me gustó tirarme a sus brazos para hacer callar sus quejidos con uno de sus besos. Recuerdo a Joaquín entrar por la puerta del costado derecho, con la gran charola del desayuno y colocar todo sobre la mesa del centro de la habitación.

Recuerdo como Carlos siguió besándome aún con Joaquín haciendo ruido; pero el gesto fue sugerente para que él se retirara de inmediato. Sin embargo, los besos cesaron pues, sonó la alarma que nos indicaba que debíamos darnos prisa; así que pasamos a desayunar, y platicar sobre cosas profundas, interesantes y banales. Recuerdo que al cuarto para las nueve fume mi primer cigarrillo del día y me metí a la ducha, mientras aquel hombre de besos perfectos y de manos grandes terminaba su desayuno.
Al salir me di cuenta que Carlos no estaba en la habitación, cosa que no me pareció extraña. Empecé a vestirme y al terminar me acerqué a la ventana y vi el cuerpo alto, atlético y bronceado correr por alrededor de los jardines.

Podía llegar a mi mente en ese momento, el recuerdo de como encontré a Carlos, como fue que sus ojos castaños cruzaron en ese paseo nocturno, y como después de esa noche tan erótica, donde el único choque que tuvieron nuestros cuerpos fue el rocé de nuestros labios; venía a mi mente el baile que “Parchmen Blues” me hizo tener hacia él. Podía recordar que a la mañana siguiente volé a Buenos Aires, y no volví a ver ese color de ojos, ni esa mirada hasta 4 años después, donde sin duda no solo mi corazón lo sabía, si no también mi alma y mi cuerpo, me gritaban con bondad y piedad, que nunca lo dejara ir, y así lo hice. Lo hice parte de mi vida, le tome de  la mano el resto de mis días hasta hoy y lo quise hasta este momento.

Recuerdo que Joaquín tocó mi hombro y me despertó del trance, me recordó que todo estaba listo y que el chófer esperaba afuera; asentí con un gesto, me rocié el perfume que mi padre me había regalado la semana pasada, y coloque mis artes blancos perlados, tomé mi bolso y bajé directo al carro.
Mire por la ventana mientras el carro se alejaba y lo vi alzando el brazo para despedirme.

Recuerdo que llegamos a la clínica, donde pase más de la mitad de la mañana con el doctor Roberto W. me atendió y me explicó todo acerca de los resultados, me dio un pañuelo antes de salir del consultorio; el cual use para secar un poco las lágrimas que derramé hasta estar en el ascensor. Si yo fuera millonaria, solo mandaría a ampliar la ventana, le pagaría mas al jardinero y, te salvaría la vida amor mío.