Recuerdo que cuando desperté
el azul acero invadió de inmediato mis sentidos. Recuerdo que fui directo a las
cortinas, las abrí de par en par y vi el azul profundo del mar, el sol tocando
mi piel; y me gustó escuchar a Carlos
quejarse de porque las abrí tan temprano. Me gustó tirarme a sus brazos para
hacer callar sus quejidos con uno de sus besos. Recuerdo a Joaquín entrar por
la puerta del costado derecho, con la gran charola del desayuno y colocar todo
sobre la mesa del centro de la habitación.
Recuerdo como Carlos siguió
besándome aún con Joaquín haciendo ruido; pero el gesto fue sugerente para que
él se retirara de inmediato. Sin embargo, los besos cesaron pues, sonó la
alarma que nos indicaba que debíamos darnos prisa; así que pasamos a desayunar,
y platicar sobre cosas profundas, interesantes y banales. Recuerdo que al
cuarto para las nueve fume mi primer cigarrillo del día y me metí a la ducha,
mientras aquel hombre de besos perfectos y de manos grandes terminaba su
desayuno.
Al salir me di cuenta que
Carlos no estaba en la habitación, cosa que no me pareció extraña. Empecé a
vestirme y al terminar me acerqué a la ventana y vi el cuerpo alto, atlético y
bronceado correr por alrededor de los jardines.
Podía llegar a mi mente en
ese momento, el recuerdo de como encontré a Carlos, como fue que sus ojos
castaños cruzaron en ese paseo nocturno, y como después de esa noche tan
erótica, donde el único choque que tuvieron nuestros cuerpos fue el rocé de
nuestros labios; venía a mi mente el baile que “Parchmen Blues” me hizo tener
hacia él. Podía recordar que a la mañana siguiente volé a Buenos Aires, y no
volví a ver ese color de ojos, ni esa mirada hasta 4 años después, donde sin
duda no solo mi corazón lo sabía, si no también mi alma y mi cuerpo, me
gritaban con bondad y piedad, que nunca lo dejara ir, y así lo hice. Lo hice
parte de mi vida, le tome de la mano el
resto de mis días hasta hoy y lo quise hasta este momento.
Recuerdo que Joaquín tocó mi
hombro y me despertó del trance, me recordó que todo estaba listo y que el chófer esperaba afuera; asentí con un gesto, me rocié el perfume que mi padre
me había regalado la semana pasada, y coloque mis artes blancos perlados, tomé
mi bolso y bajé directo al carro.
Mire por la ventana mientras
el carro se alejaba y lo vi alzando el brazo para despedirme.
Recuerdo que llegamos a la
clínica, donde pase más de la mitad de la mañana con el doctor Roberto W. me
atendió y me explicó todo acerca de los resultados, me dio un pañuelo antes de
salir del consultorio; el cual use para secar un poco las lágrimas que derramé
hasta estar en el ascensor. Si yo fuera millonaria, solo mandaría a ampliar la ventana, le pagaría mas al jardinero y, te salvaría la vida amor
mío.
